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Samarcanda te escribo: desde la lejanía, que en silencio lacera mi corazón, te echo tanto de menos, que las palabras duelen tanto… que sólo queda un ligero susurro. Te fuiste de nuestro desolado país, del desierto ardiente, de mí, de todos, de todo; con la pena y la dulzura de la gloria. Testigo fui de tu ímpetu de buscarte la vida, en la Alemania ensoñada. -Canta Samarcanda cuando te llamen errante y vagabunda: “lejos nos lleva el duelo de la patria”.

De tu alegría azotada, sólo queda un gemido suspendido, y el recuerdo escalofriante del hilo helado, tal vez cruel que se adhirió a mi espalda castigada, cuando te marchaste.


Recuerdo vagamente cómo bordabas sueños en la nubes, y leías las estrellas,-ahora sólo la luna sepulta tu cielo.

Te fuiste en penumbra avergonzada, por el delito de saber que somos esclavos; y de tanta corrupción, y de tantas miradas en vacío: quebrada, rodeada de las alimañas roedoras, dijiste adiós y no volviste la vista atrás

Viste el fuego, el averno de insidias, la pobreza de los desventurados errantes, y con la mirada
blanca de la laguna Estigia me miraste.

Samarcanda he decido plantar árboles en la nada, para que vuelvas, como vuelven los pajarillos. He soñando en el río de la historia un país para los dos, necesito de tu aliento para los náufragos que construyen barcos, necesito de tu hierro para los obreros que construyen fábricas, y a tu luz en cristal, para repartir el pan con justicia, por ello; te pido que el veinte de Diciembre estés conmigo, en nuestra ciudad de Getafe iluminando esperanza para el cambio, y abrir con tu voz al grito de “Podemos” los campos del trigo.

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